El ego parece ser el sujeto permanente y que da identidad a toda nuestra vida. Algo así como una substancia o soporte de todo nuestro existir. En su versión metafísica o religiosa sería el alma, en su versión empírica y psicológica se identificaría más bien con la mente entendida como sustrato permanente de nuestra vida psíquica.

                Hay un sentir intuitivo que nos lleva a creernos los mismos que los que vemos en fotografías de nuestra infancia, de sentirnos individuos distintos a otros seres humanos u otras entidades del mundo, algo así como una conciencia oscura, latente pero actuante, de su existencia.

                Disponemos de todo un repertorio de palabras y expresiones que parecen refrendar esta comprensión básica de nuestra individualidad y consistencia temporal: yo-mi-me-conmigo, el verbo tener, el uso en primera persona de los verbos, el verbo ser atribuido a nuestras características (creador de las identificaciones: soy varón, padre, profesor, esposo, amigo, español, budista…) ¿qué pasaría si nuestro lenguaje no tuviera la estructura sujeto-predicado, ni se basara tanto en el verbo ser, si empleara más bien verbos impersonales del estilo “llueve” o “nieva”, o tuvieran más peso en nuestra gramática los adverbios?

                Sin duda en la construcción del yo o ego tiene que ver la memoria, que permite sentir algo así como el flujo de la experiencia propia, un flujo distinto a los flujos de consciencia de otros sujetos, y el sentir en primera persona el mundo, particularmente el propio cuerpo y los contenidos psíquicos de nuestra mente (nadie distinto de yo mismo puede sentir mi dolor de muelas, podrán tener una noticia indirecta de mi dolor, porque lo expreso en gritos o lo transmito con gestos o palabras, pero su conocimiento siempre es mediato, el mío inmediato, directo, vivencial).

                 Además es fundamental en la construcción de la identidad el funcionamiento categorizador de nuestro entendimiento (para decirlo en palabras de Kant) o etiquetado de la experiencia (para decirlo más al estilo de la psicología cognitiva): recortamos el mundo unificando datos básicos o elementales de nuestra experiencia, por ejemplo sensorial, y en ese recorte la categoría de unidad, o la de substancia, o la de identidad, tienen un peso fundamental en lo que consideramos nuestro mundo.  Aquí estaría el origen de nuestra convicción de la existencia de substancias, bien en la forma de entidades físicas, bien en la forma de entidades psicológicas, como es nuestro yo o ego.

                 Seguramente en esta tendencia de nuestro entendimiento hay razones biológicas: un mundo categorizado y ordenado es más manejable que un mundo que se experimente como una totalidad desordenada o caos. En todo organismo vivo hay una tendencia al autocuidado (el instinto de autoconservación del que hablaba Freud, por ejemplo), o en términos de Espinoza, más metafísicos, todo ser busca mantenerse en el ser (inerte, vegetal, animal, humano, social…).  En  esta misma medida, favorecer un yo o ego psicológico “blando” (por llamar de alguna manera a un cierto centro de la experiencia y la acción al que nos referimos con nuestro nombre propio) no está mal, es imprescindible para nuestra vida psicológica, la lucidez y la vida social, el problema es cuando se produce la cosificación o substancialización de nuestras identificaciones, y ello porque es dudosa la existencia de un yo metafísico (alma o yo psicológico esencialista o fuerte), puesto que más bien la observación cuidadosa de lo dado en la experiencia propia muestra impermanencia y falta de realidad intrínseca (tal y como afirma el budismo). Naturalmente, esta convicción de la existencia de este yo está a la base de nuestros apegos y comportamientos egoístas (que olvidan la radical indigencia y codependencia o interrelación de nuestro ser).

                En psicología científica se entiende la personalidad como un “constructo teórico o hipotético”, puesto que no es un concepto que se refiera a una realidad observable, ni a la percepción externa (que muestra en todo caso conductas), ni a la percepción interna o introspección (que muestra procesos, estados o contenidos mentales concretos).  Hay distintas teorías sobre la personalidad (Modelos personalistas: teorías de estado (psicoanálisis, Freud, Jung; psicología humanista, Rogers; psicología constructivista, Kelly); teorías de rasgo: Allport, Cattell, Eysenck, los «Cinco Grandes» – Modelos situacionistas (Skinner) – Modelos interaccionistas (Mischel)), por lo que no creo necesario entrar en el detalle de todas ellas.

                Cuando hablamos de la personalidad nos referimos a un estilo o “algoritmo” de nuestra mente que permite que los demás (y nosotros mismos) puedan identificarnos y en gran medida prever nuestro comportamiento. El origen de nuestro estilo mental y conductual sin duda es variado y tiene que ver con disposiciones innatas y de hábitos consecuencia de la repetición de comportamientos y estados mentales experimentados a lo largo de nuestra vida.

 (Por cierto, en la literatura budista se suele utilizar la noción de karma para explicar dicha consistencia y las disposiciones psíquicas, pero parece innecesaria dicha referencia al karma, y más aún en el sentido fuerte de este concepto, el que exigiría un continuum en nuestra vida psíquica, incluso más allá de nuestra vida en el tiempo que compone nuestra biografía personal, es decir, el renacimiento).

                El término ego o yo es muy confuso, tanto en psicología científica, como en el sentido común, como en religión.  En religión se identificaría con el alma, el sustrato permanente a lo largo de las vicisitudes y cambios de la persona, lo que le confiere identidad y le faculta para la vida superior, espiritual, y que, supuestamente, sería inmortal y sobreviviría a la devastación del cuerpo. En psicología vendría a ser el sujeto de la vida psíquica y del comportamiento (más allá de su uso técnico en algunas teorías psicológicas, como la freudiana, para el que sería un constitutivo principal de la mente, la segunda instancia del aparato psíquico) y se identificaría con la mente como sujeto de la acción y de las vivencias o contenidos psíquicos; vendría a ser la raíz de los estados mentales, la personalidad y la acción de los seres humanos. Para el “sentido común”, el yo es el sujeto de las interacciones sociales, y el centro íntimo (más mental que corporal) a partir del cual actuamos, sentimos, pensamos y deseamos.

 Hay un sentido íntimo del yo muy difícil de erradicar –y en cierto modo de negar– que de algún modo se encuentra a la base de las tres concepciones anteriores:  el mundo vivido está concretado en una especie de punto 0 existencial, o centro existencial irrefutable y constituyente , a partir del cual nos abrimos a las cosas, las situaciones y las personas; es irrefutable porque es innegable su realidad, es el existir puro de todos nosotros anterior a toda conceptualización (eso que descubrió Descartes, y antes San Agustín, y que expresó con la frase “pienso, luego existo”; por cierto que valen igualmente “sufro, luego existo”, “deseo, luego existo”, “imagino, luego existo”…). Es constituyente porque desde esa posición o perspectiva vital de nosotros mismos se forma nuestro mundo, lo que entendemos que es real y existente, tanto desde en sus aspectos fenoménicos espaciales (lejos, cerca, aquí, allí, con una u otra perspectiva o escorzo en la forma y el color…), como en sus aspectos de sentido o significado (que la Luna sea la diosa Selene, como era el caso para los griegos, o una simple roca gigantesca girando alrededor de la Tierra para la ciencia actual…). Es el punto 0 o centro del mundo porque las cosas, la realidad fenoménica, se nos muestra desde allí, como si todo de una forma sutil dependiera de ese centro vital.

                 Ese yo-íntimo es también el que nos hace sentirnos protagonistas de nuestra historia de vida. Mi dolor de muelas (como a veces dice Ortega y Gasset) sólo a mi me duele, y a nadie más; nadie es el protagonista de verdad y en sentido absoluto de mis vivencias más que yo mismo. Otros pueden tener vivencias semejantes (también les pueden doler las muelas, y exactamente las mismas, y por la misma razón, pero es su dolor y yo no lo puedo sentir en primera persona). Otros pueden empatizar y sentir y vivir psíquicamente algo semejante, pero nunca idéntico en el sentido más estricto del término. Este carácter intransferible de la experiencia es lo que hace que tenga sentido la idea de autoría y de responsabilidad moral, tan importante en nuestras relaciones sociales, en nuestras atribuciones de responsabilidad moral y penal, e incluso en la idea budista del karma (en mi karma están mis voliciones, con su tonalidad buena o mala, y es algo de mí lo que sufrirá o disfrutará posteriormente  sus efectos; no ocurre que las intenciones o voliciones de otros se puedan acumular en mi continuum vital o sujeto del renacimiento, sea lo que sea lo que esto último pueda significar). Es también, y de modo dramático, lo que permite entender la soledad extrema que inevitablemente ocurre en la muerte: tú eres el protagonista absoluto de ese hecho crucial de tu biografía, por muy acompañado que puedas estar.

                Este carácter intransferible del yo-íntimo (al estilo de las famosas mónadas de Leibniz) es fascinante, tiene muchísimas consecuencias vitales y filosóficas (es una especie de ventana al ser) y es algo que deberíamos explorar y conocer mejor.   Examinando, por ejemplo, como se relaciona con nuestra posibilidad de apertura a las personas y las cosas, algo que también parece incuestionable, y con fenómenos tan preciados como el amor, la belleza y la verdad.


Javier Echegoyen (Kōkan)


2 respuestas a «El ego y el reconocimiento de su existencia»

  1. Avatar de Lidia
    Lidia

    Gracias!
    Para una primera leída ansiosa por saber qué tiene en el coco nuestro profe y, qué semillas de conocimiento podemos desarrollar: me pareció muy valioso.
    Prometo una leída más profunda, como este trabajo se merece!
    Mil Gracias por tu generosidad
    🪷

  2. Avatar de Thamara
    Thamara

    Agradecida por pertenecer a esta Comunidad Budista Secular Sendero del despertar !!!
    Somos privilegiados por recibir y compartir tus conocimientos llenos de sabiduría .
    Recibe nuestro apoyo!!!
    Gracias Javier por ayudarnos a despertar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *